sábado, 7 de abril de 2018

UN HOMBRE ASTUTO (Trilogía de Toronto 02) de Robertson Davies - Davies en plena forma - Valoración 9/10

Título originalThe cuning Man
TraductorJosé Luis Fernández-Villanueva
Páginas357
IdiomaEspañol
Publicación1994 (2016)
EditorialLibros del Asteroide

Robertson Davies (Canadá 1913-1995) es uno de los clásicos contemporáneos de la literatura anglosajona. Sin desmerecer a su lado, puede compartir podio junto a los Bellow, Cheever, Updike o Roth con la etiqueta de gran contador de historias. Poseedor de una exuberancia argumental dickensiana, hila sus relatos como un tejedor de tapices de las mil y una noches, tranquilo, eficiente y sardónico, que no duda en incrustar en sus diseños alguna figura de extravagancia rabelesiana como el concurso de malos alientos o el olisqueo “de la cabeza a los pies” de sus pacientes, “deteniéndose bastante en esa zona que la señorita Fothergill describe como Ya Sabe Dónde”, a cargo del protagonista y narrador doctor Jonathan Hullah.

Cuando el doctor Hullah, médico humanista influido por Paracelso y “Anatomía de la melancolía” de Robert Burton, es entrevistado por la joven periodista Esme Barron para una serie de artículos sobre el Toronto antiguo, decide escribir un libro de memorias y notas médicas donde dejar constancia de lo que no puede contar a la periodista. Rememora su infancia en Sioux Lookout, pequeño pueblo minero 2.000 millas al norte de Toronto, sus estudios en el internado elitista Colborne College, ya en Toronto, donde haría una amistad duradera con Brochwel Gilmartin, futuro profesor de literatura y Charlie Iredale, poseído por fuertes sentimientos religiosos. Instalada su consulta en una vieja granja reformada de un barrio de Toronto, frecuentará los oficios de la iglesia de Saint Aidan, atraído por sus espléndidos coros y la suntuosidad de sus rituales. Allí hará amistad con el sofisticado homosexual Darcy Dwyer que prefiere definirse como invertido.

El libro se compone de entretenidas historias individuales, reflexiones médico-filosóficas sobre el vínculo mente-enfermedad, cartas de cotilleo, un proyecto de deconstrucción médica de personajes literarios, discusiones en torno al arte, la religión, la música y la literatura, la relación entre la magia ancestral y la medicina moderna, el sexo, el amor y la amistad. Puro Robertson Davies y en plena forma como el gran contador de historias, divertido y entrañable, que siempre fue.

El humor, siempre presente, aún sin tratarse de una obra humorística:
"Lo único humano de Penley era que su esposa tenía un hijo cada año, como un fusil de repetición."

La última frase de la novela es el mejor resumen:
“—No, este es el Gran Teatro de la Vida. La entrada es gratuita, pero el tributo es mortal. Usted viene cuando puede y se va cuando debe. Sesión continua. Buenas noches.”
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martes, 27 de marzo de 2018

LUDWIG WITTGENSTEIN de Ray Monk - Equilibrio de comprensión, compasión y admiración - Valoración 9/10

Título originalLudwig Wittgenstein. The duty of genius.
TraductorDamián Alou.
Páginas592
IdiomaEspañol
Publicación1990 (2002)
EditorialAnagrama

Biografía de Wittgenstein brillante y ejemplar, perfecta combinación del relato de su vida, la evolución de su filosofía y sus conflictos interiores. Monk lo borda hilando una continuidad que fluye con naturalidad casi imposible. No era un fan del filósofo vienés antes de leer esta biografia y sigo sin serlo después. Tanto el “Tractatus” como las “Investigaciones” me dejan fluctuando en la triple sensación de lo obvio, lo oscuro y lo aburrido. Choca que un autor obsesionado por la claridad no fuera entendido por nadie en su tiempo y después, durante años, los críticos han preferido trabajar sobre literatura secundaria antes que comprometerse con los textos originales. Mejor cocinado que en crudo; lo que no ha impedido producir miles de trabajos interpretativos de su obra. ¿No será que no sabía expresarse? ¿Qué significa que, según decía, lo mejor del “Tractatus” era lo que callaba? Curiosa su pretensión de socavar los fundamentos de la lógica a base de aforismos enunciados, como dijo Russell, a la manera de edictos del zar, afirmados “de un modo terminante, que sugiere que todos ellos son parte de una verdad incontrovertible.” Como dice John V.Canfield (1) “su prosa es extrañamente ininteligible. Cada oración tomada por sí misma puede ser clara; lo que es difícil de comprender es a qué se refieren las oraciones. ¿De qué va Wittgenstein?”.

En palabras de Monk para Wittgenstein: “La filosofía no puede transformarse en una ciencia, porque no tiene nada que descubrir. Sus problemas son consecuencia de un mal uso, de una mala comprensión de la gramática, y requieren no una solución, sino una disolución. Y el método para disolver estos problemas no consiste en elaborar nuevas teorías, sino en reunir recordatorios de cosas que ya conocemos. (…) En filosofía no estamos, como los científicos, construyendo una casa. Tampoco estamos colocando los cimientos de una casa. Simplemente estamos «limpiando una habitación».

Legiones de zapadores wittgesteinianos siguen escarbando la mina, buscando escobas para barrer habitaciones al tiempo que las llenan de cachivaches (trivialidades). Wittgenstein habló de filosofía lógica, filosofía de la religión, filosofía ética, filosofía de las matemáticas, filosofía del lenguaje, filosofía de la física…, pero ¿qué queda de todo eso? Parece que si quitas “filosofía”, todo lo demás (matemáticas, ética, lógica, psicología, física…) va haciendo camino. Para mí, la filosofía es poco más que una forma de gimnasia mental, siempre que no se abuse de ella. Leída la estupenda biografía de Monk reconozco el valor purgante, corrosivo de la obra de Wittgenstein; su empeño en bajar los humos y drenar la autocomplacencia de los monumentos filosóficos. Algo parecido a cuestionar la solidez de la torre Eiffel escudriñando en busca de remaches oxidados.
Desconcertado por la plasticidad del lenguaje, su campaña de demolición contra la lógica se mueve entre lo obvio y lo primitivo:
Una proposición no puede decir más de lo que está establecido mediante su método de verificación. Si yo digo: «Mi amigo está enfadado» y lo establezco en virtud de que él ha mostrado un cierto comportamiento perceptible, lo único que quiero decir es que él muestra ese comportamiento. Y si quiero decir algo más con ello, no puedo especificar en qué consiste ese significado extra. Una proposición dice sólo lo que dice, y nada más allá de eso.”
Bueno, parece que si quieres saber algo más, tendrás que preguntarle a tu amigo cual es la causa de ese enfado. En el lenguaje hay contexto e intención, polisemia, doble sentido, metáforas, sobreentendidos…, es un paisaje inmenso que la lógica no puede abarcar. ¿Qué diría Wittgenstein de una frase como esta?:
Ahora en todas partes están a la última, a menos que estén en las últimas.” (2)

Con inclinaciones místicas, despreciaba la ciencia. Poco tenía que decir sobre Eistein o la teoría cuántica. Sintió cierta fascinación por la interpretación de los sueños de Freud y “sus comentarios acerca de la prueba de Gódel (…) parecen a primera vista, para alguien que posea ciertos conocimientos de lógica matemática, asombrosamente primitivos.
A Wittgenstein le desagradaba el ingenio, encontraba simpática la simplicidad infaltil, le gustaban las novelas de detectives duros, las películas del oeste y los musicales. Apreciaba la inocencia y la “elevada inteligencia” en sus amigos y discípulos, mientras que sus iguales (Russell, Ramsey, Turing, Sraffa, Keynes…), terminaron por mantener una educada distancia. Bouveresse (3) cita a Toulmin en relación a los efectos destructivos de su perfeccionismo. Totalmente de acuerdo:
Toulmin es consciente del hecho de que la misma educación que ha convertido a Wittgenstein en tan exigente e implacable respecto a sí mismo ha favorecido igualmente el desarrollo de sus extraordinarias dotes intelectuales. Pero también estima que “sabios consejos habrían podido ayudarle, en la edad adulta, a diferenciar las exigencias constructivas a las que sometía sus propias actividades creativas de un perfeccionismo irrealista que tenía efectos destructivos, y también ayudar a su aptitud para abordar satisfactoriamente el problema de las relaciones con aquellos que no compartían totalmente sus actitudes y su capacidad de alcanzar la tranquilidad en su propia vida interior.”
Wittgenstein se educó en la Viena de Karl Kraus, Mahler, Schoenberg, Freud y el arquitecto Adolf Loos de quien fue muy amigo. Era un ambiente intelectual fuertemente imbuido del pesimismo de Schopenhauer. Se vivía en la convicción de haber llegado a la decadencia y colapso de la civilización occidental (Spengler). El suicidio era una opción honorable recomendado y practicado por Otto Weininger y ennoblecido por Spengler. Tres hermanos de Wittgenstein se suicidaron. Para entender ese mundo, brillante pero en descomposición, en el que Wittgenstein se educó y que Monk describe muy bien, no estaría de más releer el clásico de Janik y Toulmin (4) y las memorias Zweig (5); pero eso sólo son buenas intenciones. Los que sí que estan cayendo, por efecto colateral de ésta magnífica biografia, son dos estupendas obras de Jesús Mosterín (6), nuestro Russell peninsular.
Para Wittgenstein la filosofía era inspiración, iluminación cercana al concepto cristiano de santidad. Su ruta de acceso a la verdad era invisible, como un toque de gracia divina. Es uno de esos tipos que se lo toman todo, y a si mismos, demasiado en serio; que viven su insignificancia como una tragedia, que se imponen, e imponen a los demás, una honestidad imposible, un rigorismo existencial que los aboca a la autoflagelación. Prefiero la ironía de un Sydney Morgenbesser que tumbaba la disertación académica de un Austin con un chiste de dos palabras (si…, si….).
Mi recomendación del libro de Monk es incondicional. Equilibra la comprensión y la compasión con la admiración por el personaje. La delicadeza con que trata la tesis de Bartley sobre la afición de Wittegenstein por espiar a “rudos jóvenes en el parque” es ejemplar.
NOTAS
(1)    John V.Canfield: “Wittgenstein’s later philosophy.” Chapter 8 en “Routledge History of Philosophy Volume X”(2005)
(2)    Los viejos demonios” de Kingsley Amis.
(3)    Jacques Bouveresse: “Filosofía, mitología y pseudociencia”
(4)    Allan Janik y Stephen Toulmin: “La Viena de Wittgenstein”
(5)    Stefan Zweig: “El mundo de ayer”
(6)    Jesús Mosterín: “Los lógicos” y La naturaleza humana”
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LOS VIEJOS DEMONIOS de Kingsley Amis - Nadie mejor dotado que Amis para mudar la amargura en risa - Valoración 9/10

Título originalOld Devils
TraductorCésar Armando Gómez
Páginas448
IdiomaEspañol
Publicación1986 (2011)
EditorialEditorial Lumen

Premio Booker 1986.
“La mayor fuente de inspiración en las cartas que Amis escribió Larkin es el problema que los dos tenían con las mujeres. Larkin tuvo problemas para meterlas en la cama y Amis tuvo problemas para mantenerlas alejadas. Si alguna vez hubo un adultero más salvaje y enérgico en la literatura que Amis en sus propias cartas, no lo he conocido. Fue la enfermedad de las vacas locas del sexo: ninguna mujer que pasó por Gran Bretaña antes de 1976 puede estar completamente segura de que no se acostó con él.” (1) Lo dice Michael Lewis en su reseña del 2002 en el NYT. Más adelante lo llama “adúltero en serie”. No está mal…, para empezar. Kingsley Amis encabezó, junto con Allan Sillitoe y otros menos conocidos, el movimiento de los “jóvenes airados” (Angry Young Man) en la Inglaterra de los años 50, como respuesta a los estilos experimentales de James Joyce, Virginia Woolf y D. H. Lawrence a los que consideraba “oscuros y pretenciosos”. En “The letters of Kingsley Amis”, que David Lodge calificó de “un gran evento literario” y no se han traducido al castellano, despotrica contra todo bicho viviente: Keats, Shelley, Lawrence, Henry James, Kafka, Proust, Nabokov, Joyce, Eliot, Updike, Bellow, Waugh, Beckett, Picasso…, sin dejar títere con cabeza. A Tom Driberg le llamaba “ese viejo soplapollas” (2). En USA no tuvo buena acogida y hoy se le conoce más por ser el padre de Martin Amis que por su propia obra. Para mí, Kingsley Amis, ese viejo demonio beodo y adúltero en serie es, con su discípulo David Lodge, uno de los mejores humoristas del siglo XX. Simplemente, es incapaz de aburrir. Ni un solo párrafo de “Los viejos demonios” servirá para demostrar lo contrario. Nadie como el husmea en las miserias humanas, triviales, cotidianas, que nos averguenzan y nos parecen inconfesables. Maestro sutil del diálogo, capta, como nadie, gestos y sonidos en sus personajes que los definen mejor que sus palabras.

Alun Weaber, escritor mediático de medio pelo, y su esposa Rhiannon, ya sesentones, regresan a un pueblo de Gales y se reencuentran con el grupo de amigos de juventud. De pub en pub, de fiesta en fiesta, hablan y beben, beben y hablan. Es el regreso de la manada al cementerio de elefantes para cotillear y revolcarse en la charca de alcohol. Los achaques y servidumbres de la edad son una presencia constante; las inquietudes de Malcolm por su tráfico intestinal o las dificultades del gordo Peter para cortarse las uñas de los pies (escena antológica al principio del capítulo 4):
Esas uñas se habían convertido por sí mismas en algo desproporcionado en su vida. Desgarraban los calzoncillos porque eran afiladas y dentadas, y habían llegado a ser así porque habían crecido demasiado y se habían roto, y las había dejado crecer porque cortarlas no era ninguna broma. No podía hacerlo en casa porque no había forma de atrapar los fragmentos y Muriel los encontraba, sobre todo estando descalza, y eso era algo que lógicamente había que evitar. Tras probar con un taburete plegable en el garaje y caerse muchas veces, se había instalado en una silla de jardín bajo el cerezo en flor. Esto limitaba la tarea a los meses más cálidos, ya que realizarla con el abrigo puesto quedaba descartado por el grado de inclinación que la operación implicaba. Pero al menos podía dejar que los trozos de uña volasen libremente, ¡y vaya si volaban!, en especial los que saltaban con un crujido de los dedos gordos, que eran lo bastante grandes y se movían con la suficiente velocidad para derribar un gorrión al vuelo, aunque hasta ahora no había ocurrido.”

El deterioro físico es el telón de fondo que irrumpe al primer plano para recordar a los personajes que se hallan en el final de etapa. El más recurrente es el de la boca y la dentadura:
De nuevo sentado a la mesa del desayuno, colocó entre sus molares izquierdos un pequeño triángulo de tostada y miel para diabéticos y masticó suavemente pero con firmeza. No mordía nada con los incisivos desde que, seis años atrás, perdió la funda de uno de arriba con una loncha de salchicha de hígado, y la parte derecha de la boca era zona prohibida, ¡qué remedio!, con un agujero entre los dientes inferiores, donde siempre podía pegarse algo, y un curioso trozo de encía que parecía haberse desprendido y se movía de forma desconcertante en cuanto tenía ocasión.”
“(…) por no hablar del viejo Garth Pumphrey, quien prácticamente había presidido un improvisado simposio sobre dentaduras postizas y dado, sin que nadie se lo pidiese, cuenta de los acontecimientos que condujeron a la colocación de la que ahora lucía. A Peter le tembló la boca al recordarlo y se la tapó con la mano.”

Desconcierto y frustración convertidos en misoginia:
La mayoría de las personas cuyo matrimonio no iba demasiado bien solían tener una idea del cómo y el porqué, pero no sabían el cuándo
Los hombres tenían una esperanza de vida menor que las mujeres, en parte, tal vez una buena parte, porque las esposas llevaban a los maridos al infarto suministrándoles una ración diaria de ansiedad y rabia.

El tema de fondo es la vida como desgaste físico y emocional. El cuerpo se deteriora, las relaciones de pareja se vacían de sentimientos y se fosilizan en distintas formas de status quo. Nos rendimos, claudicamos sin saber de qué, pero seguimos forcejeando como bacterias agitándose en el portaobjetos. Amis enfoca el microscopio, amplía o reduce la imagen y nos muestra que la vida no es trágica ni dramática; si acaso es amarga a causa de nuestra torpeza. Y nadie mejor dotado que Amis para mudar esa amargura en risa. Su genio cómico está en la acumulación de detalles, la modulación del contexto, la chispa del diálogo y el contraste de vidas juntas que, aunque ocasionalmente se toquen, siguen siendo paralelas.
NOTAS
(1)    Michael Lewis: reseña de “The letters of Kingsley Amis” y la biografia de Richard Bradford “The Life of Kingsley Amis”
(2)    Cristopher Hitchens: “HITCH-22 Memorias”
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viernes, 9 de marzo de 2018

LA ERA DEL INGENIO de A. C. Grayling - Obra vigorosa y colorista que ayuda a entender el siglo XVII - Valoración 8,5/10

Título originalThe Age of Genius
TraductorJoan Andreano Weyland
Páginas432
IdiomaEspañol
Publicación2016 (2017)
EditorialAriel

Subtítulo: El siglo XVII y el nacimiento de la mente moderna.
El progreso, lo que sea que signifique, se mide por comparación: ¿en qué se avanzó durante los 800 años que median entre San Agustín y Santo Tomás? Si, para responder tienes que forzar la imaginación, malo. El progreso es discontinuo, con avances, retrocesos y grandes estancamientos. Tampoco es homogéneo: cuando un área del globo progresa, otras no lo hacen. Las dos guerras mundiales del siglo XX seguidas del comunismo, la guerra fría, el imperialismo y la globalización, se lo ponen difícil a los que siguen defendiendo la idea del progreso y muy fácil a los agoreros apocalípticos. Para mí el progreso es una tendencia a largo plazo hacia la mejora de las condiciones de vida de la mayoría de la población debida a sus propios logros, no a la suerte de una racha de buenas cosechas o del hallazgo de recursos mineros. Los logros que cuentan son tecnológicos (mayor bienestar para más personas), políticos (paz y democracia) y socioculturales (convivencia, respeto mutuo y reducción de desigualdades). Si hay avances en esos logros y lo nota la mayoría de la gente, hay progreso.

Para Grayling el siglo XVII fue el punto de inflexión (inicio del cambio mental) al que siguieron cuatro siglos de efectos en cascada a favor del cambio y el progreso. Fue un periodo convulso de inestabilidad y cambio mundial debido a los trastornos políticos y militares y al tumulto mental. Grayling dedica una tercera parte del libro a explicar la guerra de los Treinta Años, debida a una mezcla de motivos religiosos y estratégicos, en que desapareció una tercera parte de la población europea. Significó la caída de España, el auge económico de Inglaterra y la hegemonía de Francia. Su relato de la larga contienda, emotivo y vibrante, se basa, entre otras, en las obras de Geoffrey Parker y P. H. Wilson, The Thirty Years War: Europe’s Tragedy (Londres, 2009), por la que siente gran admiración. Este párrafo es un buen resumen:
“…fue una devastadora y terrorífica serie de combates por todas partes de una Europa exhausta en la que millones de personas murieron por las batallas, las hambrunas, las enfermedades y saqueos. Los varios bandos enfrentados alternaban éxitos y fracasos, y los resultados de las campañas sumaban y restaban, sin dar un resultado claro; los ejércitos atravesaban Europa, arrasando cosechas, quemando pueblos, violando y asesinando civiles, robando y saqueando… y todo, durante treinta largos y abominables años.”
Los territorios y sus poblaciones cambiaban de religión (católicos, protestantes y calvinistas) según el principio “la religión del gobernante es la religión del Estado”.
Grayling registra numerosos episodios de brutalidad y barbarie:
“…una indignada multitud calvinista invadió la catedral de Amberes en señal de protesta, y se dedicó a destrozar el bello estatuario de la catedral, así como sus pinturas e incluso las decoraciones de las columnas. Dieron la hostia consagrada a los animales, se bebieron el vino de comunión, hicieron trizas cuadros y tapices y destrozaron las cristaleras.”
Y la venganza correspondiente que me recuerda la defensa de la altura moral del cristianismo sobre la brutalidad romana que han hecho algunos historiadores:
Un grupo de caballeros del Toisón de Oro, totalmente acorazados, se abrió paso espada en mano hacia la catedral para defender su capilla: mataron a unos cuantos amotinados y los colgaron en el exterior de la catedral, atacando con lanzas y espadas los cuerpos que se retorcían mientras morían.”

Después revisa la vida y obra de distintos personajes clave del siglo XVII, muchos a caballo de la magia o el ocultismo y el racionalismo científico: Mersenne, Bacon, Descartes, Von Taxis,  Hartlib, Newton, Boyle, Harvey… La alquimia, la magia, el ocultismo, la cábala o el rosacrucismo fueron a la vez una resistencia a la rigidez religiosa y el intento de encontrar un atajo para el dominio de lo real.  Y para que todo ese revuelto de ideas nuevas y antiguas circularan juagaron un papel decisivo el aumento de la alfabetización, la proliferación de publicaciones en lenguas vernáculas y la mejora del correo postal.
Según Grayling “las guerras y disturbios del siglo contribuyeron a hacer posible el cambio debido al fracaso de la autoridad, tanto en lo teórico como en lo práctico, durante el caos que causaron.” Y, como consecuencia “se abrieron aquí y allá huecos para que ideas nuevas y peligrosas circularan y se alimentaran recíprocamente.” Las épocas de crisis aceleran los cambios y un efecto colateral de los largos períodos de guerras es el avance de la tecnología, militar y logística) que luego se traslada a la sociedad civil.
Se llega a un momento histórico a través de toda la historia anterior; pero puede ser “gracias a” (integradores) o “a pesar de” (rupturistas) esa historia anterior. Parece que la historiografía actual se inclina por la integración, sobre todo cuando está por medio el tema religioso: la Edad Media no fue “oscura”, no hubieron guerras religiosas, la Inquisición no fue para tanto (1), las conquistas colonialistas fueron benéficas e incruentas… Se confunde explicar por el contexto con justificar; o, mejor dicho: explicación y justificación son conceptos cada vez más parecidos. Casi todas las críticas que he leído sobre este libro condenan sus ataques a la religión. Yo creo que es una obra vigorosa y colorista que ayuda a entender cómo, del caos, surgió la luz en forma de pequeños destellos durante el siglo XVII. Buen complemento a la “Historia de la ciencia” de John Gribbin.
NOTAS:
(1)    Henry Kamen en “La Inquisición española” (2013) dice: “Sabemos que el Santo Oficio no tuvo ningún impacto en el desarrollo demográfico, no desempeñó ningún papel perceptible a favor ni en contra de la industria ni de la ciencia, y ejecutó a poco menos de un 1 por ciento del número de víctimas que dice Llorente.” Y termina con una frase que suena a “pasa en las mejores familias”: “El control y la coacción, en nombre de la religión, de la raza o de la Seguridad Nacional, continúan siendo practicados por los poderes públicos y aceptados con increíble pasividad por la población. No hay muchos motivos para discrepar de la opinión del gran historiador de la Inquisición, Henry Charles Lea, cuando dice: «Qué poco han hecho la religión y la civilización por situarnos por encima de la brutalidad primitiva y con qué facilidad volvemos a caer en ella».
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miércoles, 28 de febrero de 2018

PAGANOS Y CRISTIANOS EN UNA ÉPOCA DE ANGUSTIA de E. R. Dodds - Erudición y crítica penetrante y honrada escrita con elegante lucidez. Valoración 10/10

Título original: PAGAN AND CHRISTIANIN AN AGE OF ANXIETY
Traductor: J. Valiente Malla
Ediciones Cristiandad 1975
190 páginas

Algunos de los mejores escritores sobre la antigüedad son filólogos clásicos. Recuerdo el magnífico “La sociedad romana” de Ludwig Friedländer o los incisivos libros sobre Grecia de Farrington. E. R. Dodds (Irlanda, 1893-1979) es uno de ellos con un profundo conocimiento sobre los neoplatónicos y un brillante estilo mezcla de atinada erudición y agudeza psicológica. Su “Los griegos y lo irracional” es un clásico de referencia que explica como los que crearon el primer racionalismo europeo eran muy conscientes del poder de lo irracional; pero por carecer de herramientas psicológicas, lo expresaron a través de los mitos.
En “Paganos y cristianos en una época de angustia” hace un recorrido por la cultura pagana y cristiana desde Marco Aurelio (161 d. c.) hasta Constantino (306 d. c.); un periodo que Dion Casio resumió así: «Después de la muerte de Marco la historia pasó de un imperio de oro a un imperio de hierro mohoso». Las 180 páginas de la obra pueden llevar a engaño. El texto principal es breve, pero denso e intenso, y el cuerpo de notas, tan extenso como el principal, para chuparse los dedos. Puedes pasarte días siguiendo la pista y contrastando referencias en internet (muchos, la mayoría en inglés, pueden descargarse libres de derechos). Esos “compárese” son una tentación irresistible. Un ejemplo (con perdón por la larga cita):
105. La frecuencia del martirio voluntario entre los cristianos está atestiguada por Luciano (Peregr-, 13: «Muchos de ellos se entregan voluntariamente»), por Celso (Oríg., C. Ceis.,8.65) y por Gemente, quien afirma (como más urde haría Juliano, Epist., 89 b Bidei-Cumont) que tales individuos actúan por deseo de morir; (Strom., 4.17.1). Es interesante el hecho de que Epicteto conoce ese mismo deseo de morir entre algunos jóvenes paganos, y se siente obligado a refrendarlo, así como que Séneca hable de un «affectus qui multos occupavit, libido moriendi» (Epist., 24.23). El carácter patológico del anhelo del martirio parece evidente en el crudo lenguaje de Ignacio, Ad Rom., 4. Más sanos parecen los motivos que impulsaron a denunciarse en masa a los cristianos de que habla Tertuliano, Ad Scap,, 5 (y que obligaron al apurado magistrado a indicarles que había otros modos menos perturbadores de buscar la muerte), o los que movieron al joven Orígenes al deseo de morir junto a su padre (Eus., Hist. Eccl., 6.2.3-6. <;No sería la automutilación de Orígenes un sustitutivo del martirio, del que le había apartado su madre, como sugiere Cadiou, Jeunesse d'Origène [1935], 38?). Sin embargo, las autoridades de la Iglesia desaconsejaban generalmente el martirio voluntario (cf. Mart. Polycarpi, 4, y Clem., loe. cit.). Sobre todo este tema, cf. las agudas observaciones de A. D. Nock, Conversion, 197-202, y G. de Stc. Croix, «Harv. Thcol. Rev.*, 47 (1954), 101-3.”

El libro se organiza en cuatro capítulos. Los tres primeros revisan la relación de paganos y cristianos con el mundo, los demonios y los dioses. En el cuarto reflexiona sobre los debates entre los principales representantes de las dos partes –“lo que pensaban cristianos y paganos unos de otros”- y ofrece las causas del éxito del cristianismo.
Empezaré por el final. Dodds dice que el debate entre cristianos y paganos se dio entre personas cultas como a nivel popular en mercados y hogares, pero del último se sabe muy poco. Celso (siglo II) que polemizó con Orígenes, fue el primero en ver una amenaza en el cristianismo y el peligro de que la Iglesia acabara siendo un Estado dentro del Estado. Le siguió Porfirio, por el que Dodds siente alguna admiración. Las tres causas del éxito del cristianismo que Dodds ofrece son:
1.       El exclusivismo. Había demasiados cultos, demasiados misterios, demasiadas filosofías de la vida entre las que elegir y el cristiano podía quitarse de encima el peso de la libertad. En una época de angustia siempre ocurre que los credos «totalitarios» son los que mayor atractivo ejercen.
2.       El cristianismo estaba abierto a todos y no exigía una formación intelectual previa.
3.       El cristianismo esgrimió la amenaza más dura y el premio más sabroso.
4.       El sentimiento de grupo reforzado por la ayuda mutua que ofrecía ante el desamparo de las grandes ciudades.
Sin olvidar el empujón de Constantino al hacer del cristianismo la religión oficial del Imperio. Dodds cita a Rostovtzeff: «reinaban por todas partes el odio y la envidia; el campesino odiaba al terrateniente y a los funcionarios, el proletariado urbano odiaba a la burguesía urbana, y el ejército era odiado por todos* (Social and Economic History of the Roman Empire, 453). El cristianismo aparece entonces como la única fuerza capaz de mantener unidos a todos estos elementos en discordia; de ahí que Constantino lo considerase tan interesante.

El primer capítulo sigue las pistas de la cultura del odio al cuerpo, a los placeres y a todo lo material. El panorama descrito es pesadillesco. El odio y la repulsa al sexo está en el mismo origen del cristianismo: “Galeno y Orígenes dan testimonio de que en sus tiempos eran muchos los cristianos que se abstenían de las relaciones sexuales durante toda la vida; la virginidad era la cumbre y la corona de todas las virtudes.” En los Hechos de Pablo y Tecla, obra muy difundida entonces, se afirmaba que sólo resucitarán los y las vírgenes, y se dice que los marcionitas negaban los sacramentos a los casados. El Evangelio de los Egipcios enseña que «Cristo vino para destruir las obras de la mujer», es decir, para poner fin a la reproducción sexual. El ascetismo degeneró en una carrera de emulación: “Macario de Alejandría supera a todos los demás monjes en el ayuno, con lo que provoca la envidia y la ira de estos.”. Entre los motivos para retirarse al desierto están: el sentimiento de culpabilidad, las querellas familiares y “el mero disgusto por la humanidad”. Pone ejemplos de los dos bandos, como la del fanático neoplatónico Teosebio que “presentó a su esposa un cinturón de castidad y le ordenó llevarlo siempre o marcharse, pero no lo hizo hasta que hubo desaparecido toda esperanza de tener hijos con ella.”
Dodds opina que el desprecio de Ia condición humana y el odio al cuerpo era una enfermedad endémica en toda la cultura de la época, pero sus raíces estaban en una neurosis endógama, indicio de unos sentimientos de culpabilidad intensos y muy difundidos.

El segundo capítulo habla del mundo demoníaco de la época, el común y el diferencial entre paganos y cristianos: sueños, adivinación, visiones, profecías, exhibicionismo, automutilaciones, fraudes… Se extiende en algunas historias como la de Peregrino que “es un personaje mucho más complejo e interesante, y su vida y hazañas, tal como nos las cuenta Luciano, resultan extrañísimas.”

En el tercer capítulo se propone “analizar ciertas experiencias de naturaleza ciertamente oscura y mal definida, pero cuyo valor religioso se admite generalmente.” Explica las diferencias entre el éxtasis griego en Plotino y Porfirio (más cercanos a la mística hindú) y el éxtasis místico, o entre la deificación y la unión mística. Desarrolla especialmente el concepto de unión mística en Plotino que no hubiera estado de acuerdo con Àldous Huxley en que «el hábito del pensamiento analítico resulta fatal para las intuiciones del pensamiento integral». Dodds “considera la experiencia mística como una dilatación de la conciencia personal hasta abarcar esa zona de lo inconsciente” y rastrea esa tendencia a la mística introvertida en otros neoplatónicos. Luego pasa a Orígenes y explica su misticismo frustrado, la deuda de Gregorio con Plotino…, para concluir que la mística, desde los textos gnósticos y herméticos, era endémica y tomó fuerza desde Marco Aurelio a Orígenes: “Ello no ha de sorprendernos. Como ha dicho con razón Festugiére, «miseria y mística son realidades conexas».

Mi admiración por E. R. Dodds es la misma que el sentía por Plotino y Porfirio. Su libro es un ejemplo de erudición y crítica penetrante y honrada escrita con elegante lucidez. Me remito al “compárese” de sus notas y me despido con una última cita:

“Porfirio advirtió, como otros han hecho después, que sólo las almas enfermas sienten necesidad del cristianismo. Pero resulta que en aquella época había muchas almas enfermas; Peregrino y Elio Aristides no son casos aislados; el mismo Porfirio estaba lo bastante enfermo como para entrever la posibilidad del suicidio, y hay motivos para pensar que durante aquellos siglos fueron muchos los que, consciente o inconscientemente, estaban enamorados de la muerte. Para tales individuos, la perspectiva del martirio, que llevaba consigo la fama en este mundo y la bienaventuranza en el otro, venía a ser un atractivo más del cristianismo.”
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sábado, 24 de febrero de 2018

EUROPA EN LA EDAD MEDIA de Chris Wickham - Algo acartonado, sabe a poco. Tiene obras mejores - Valoración 8/10

Título originalMedieval Europe
TraductorTomás Fernández Aúz | Beatriz Eguibar
Páginas500
IdiomaEspañol
Publicación2016 (2017)
EditorialCrítica

En la introducción a su “El legado de Roma” (2009), Wickham denuncia dos grandes errores en el estudio de la Edad Media: el enfoque del nacionalismo y el de la modernidad. En clave nacionalista, la Edad Media no sirve para para explicar porque un estado moderno sea el mejor o sea diferente. Europa no nació en la Edad Media, ninguna identidad común ligaba a España con Irlanda o Rusia. La historia no es teleológica, no trabaja para ningún fin y no existe ninguna cultura europea común. En Francia, Alemania o España, no existió ninguna conciencia o imaginería nacional. Buscar gérmenes de los actuales conceptos de igualdad, productividad, libertad o democracia en la Edad Media es absurdo e inútil. Yo añadiría que también es absurda la búsqueda de legitimidades históricas en pasados remotos, lo que no niega el peso de la lengua, la cultura y la memoria colectiva compartida en la formación de identidades nacionales.

En palabras del propio autor, los temas tratados en “La Europa de la Edad Media” son:
El desplome del imperio romano de Occidente en el siglo V; la crisis en que se verá sumida su contraparte oriental en el VII al encontrarse frente al auge del islam; la contundencia del experimento carolingio, consistente en organizar, entre finales del siglo VIII y principios del IX, un vastísimo gobierno cimentado en consideraciones morales; la difusión del cristianismo por el norte y el este de Europa a lo largo del siglo X (fundamentalmente); la radical descentralización del poder político occidental en el XI; el crecimiento demográfico y económico de los siglos X a XIII; la reconstrucción del poder político y religioso en el Occidente del XII y el XIII; el eclipse al que se verá abocado Bizancio durante este mismo período; la peste negra y el desarrollo de las estructuras estatales en el siglo XIV; y el surgimiento de un mayor compromiso popular con la esfera pública a finales del XIV y comienzos del XV: estos son, desde mi punto de vista, los momentos de transformación más relevantes, y por ello habré de dedicarles en este libro un capítulo entero a cada uno.”
Se habla de las tensiones y cambios en las estructuras de poder (monárquico, feudal y eclesiástico), el origen asambleario de los parlamentos a partir de las monarquías nórdicas y germánicas, la evolución de los vínculos comerciales o las actitudes culturales… Un tema central es la lucha constante de reyes y señores para perfeccionar la exacción de impuestos como base de consolidación del poder. La pérdida de las técnicas de administración (burocrática, judicial…) fragmentó e hizo retroceder el mundo medieval a épocas más primitivas (a excepción de Bizancio). Echo en falta cuadros vivos al estilo de Hale sobre como vivian y morían las personas, como sentían y pensaban, como eran las guerras o el papel de la religión. A Wickham le interesan más las estructuras económicas y sociales que las mentalidades, aunque, gracias a los relatos de sucesos y citas particulares, se libra de acartonamiento marxista que, aún así, es más patente en esta obra que en “El legado de Roma”, más vivaz y dinámica.

Hay una curiosa dicotomía entre las introducciones que hace Wickham en sus libros (incluida “Una historia nueva de la Alta Edad Media” 2005), y el desarrollo propio del relato. Las introducciones son claras, precisas, críticas con la historiografía tradicional y prometen una decidida línea de trabajo que más adelante, en el desarrollo, se va diluyendo hasta quedar en una extraña sensación de ambigüedad. Es como si dijera “demostraré que esto es blanco” y, al finalizar el libro, el lector piensa que no ha visto más que grises. Wickham, en las introducciones, parece un valiente, pero en los relatos no se moja. ¿No quiere correr riesgos?
Otro gran problema de las historias globales que abarcan grandes periodos y/o muchos países es la falta de cohesión narrativa al proceder por acumulación de detalles, dispares y distantes, y la inevitable sensación de caos y confusión. No hay duda de que las citas, las anécdotas, episodios o datos particulares son, quizá, lo más interesante; pero se echa en falta, al final de cada capítulo temático, un resumen claro y sintético de las conclusiones que podemos sacar. Creo que ese problema de presentación caótica es común a toda la historiografía no cronológica y, que yo sepa, está por solucionar. Wickham, en “El legado de Roma”, lo justifica diciendo que prefiere comparar a generalizar. Creo que se evita generalizar por miedo a caer en la condena moral retrospectiva de sociedades muy distintas a la nuestra en valores, pero demasiado parecidas en los peores instintos: el fanatismo, la crueldad, el desprecio por la vida y la codicia. Civilizarse es tener esos instintos bajo control.

Me llama la atención que, cuando habla de las mujeres (capitulo 10), toma como ejemplo a dos “santas”, Catalina de Siena y Margarita Kempe. No le veo la significación fuera de la puesta en evidencia que no fueron consideradas herejes porque no cuestionaban la jerarquía eclesiástica. El tema de la santología merece un estudio global a manos de historiadores no confesionales desde enfoques de psicología social. No creo que exista, pues como en otros temas religiosos, al historiador no le interesa meterse en berenjenales
En la historia no hay cortes y las revoluciones se reabsorben. Los señores feudales son los terratenientes tardo romanos más fragmentados por la desintegración del poder y la ruptura de las comunicaciones. De alguna manera, hubo que empezar de nuevo. Las élites organizan los territorios y se protegen con las leyes e ideologías que mejor les sirven. Durante toda la historia de humanidad hasta la era industrial, la fuente de riqueza más segura y estable era la tierra y los poderosos han luchado por su posesión. A su lado prosperaron comerciantes, administradores y burócratas que dieron origen a las clases medias. Cuando la industria fue más rentable que la tierra, las élites se hicieron industriales…, hasta que se dieron cuenta que la forma más rápida de hacer dinero era mover dinero y se transformaron en capitalismo financiero.

En “El legado de Roma”, para mí, la mejor obra de Wickham, en la que dedica más espacio a la Alta Edad Media, recomienda los mejores libros sobre la Antigüedad tardía:
“The best brief introductions to the later Roman empire are by Peter Brown, The World of Late Antiquity (London, 1971), and by AverilCameron, The Later Roman Empire (London, 1993) and The Mediterranean World in Late Antiquity AD 395–600 (London, 1993). The essential detailed surveys in English are A. H. M. Jones, The Later Roman Empire 284–602 (Oxford, 1964) and CAH, vols. 13 and 14. S. Mitchell, A History of the Later Roman Empire, AD 284–641 (Oxford, 2007) is another useful introductory account.”
Excepto el de Jones, los he leído o consultado todos. El de Mitchell es una historia clásica de los acontecimientos políticos y militares. Brown es el que mejor escribe, junto con Peter Heather y su “La caída del Imperio Romano” que pronto reseñaré. Los de Cameron -que deben leerse como un solo libro- son imprescindibles. Tengo entre manos “Christianizing the Roman Empire (A .D. 100-400)” de Ramsay MacMullen, que espero me ayude a desentrañar el misterio de la expansión del cristianismo, tema sobre el que Dodds, ese exquisito filólogo del neoplatonismo, en “Paganos y cristianos” (reseña en marcha), tiene cosas interesantes que decir. El más gibboniano de todos es el de Bryan Ward-Perkins “La caída de Roma y el fin de la civilización” que, con los últimos hallazgos arqueológicos, demuestra que la discusión ruptura-transformación sigue vigente.
En este último de Wickham, “Europa en la Edad Media”, muy enfocado a los aspectos socio-económicos, sabe a poco.
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EL CASO SEYMOUR de Tim Lott - Thriller psicológico con desarrollo original y final aterrador. (Y si te pones tonto, te dará mucho que pensar) - Valoración 9,5/10 porque la perfección no existe

Título originalThe Seymour tapes
TraductorVictoria Ordóñez
Páginas304
IdiomaEspañol
Publicación2005 (2009)
EditorialTusquets

Como los programas de la tele, hay libros Prime Time y libros de relleno. Los Prime Time requieren concentración y convocan la máxima audiencia de mis neuronas durante las horas de máximo rendimiento del día. Los de relleno son para relajar o desengrasar y quedan relegados a las horas “tontas” de la siesta o la noche de modo que, si te duermes leyendo, no pasa nada. Las condiciones de vida del libro de relleno son bastante duras y muchos acaban en abandono; pero algunos se resisten a la indiferencia, pelean, y por méritos propios, se ganan un Prime Time, como en la tele. Ese es el caso del libro de Tim Lott: un par de días luchando con la somnolencia… ¿eh? ¿Qué es esto? Toque de diana, neuronas en pie y salto a horario estrella…, ¡con mención de honor!

Samantha contrata a Tim Lott para que escriba un libro sobre los sucesos que llevaron a la trágica muerte de su marido, el doctor Alex Seymour, de cincuenta y un años, en el semisótano de una casa destartalada al oeste de Londres. El caso, de fuertes tintes morbosos, ha tenido una gran repercusión mediática. Durante dos años, la prensa se ha interrogado sobre las circunstancias que rodean la muerte del médico relacionadas con la privacidad, el voyeurismo, la compulsión sexual y Sherry Thomas, la enigmática propietaria de un negocio de video vigilancia. La divulgación en internet del tristemente famoso «vídeo de la piel» ha contribuido, no poco, a la notoriedad del caso.
Lott acepta el encargo y el resultado es el libro que el lector tiene en sus manos. Ha tenido acceso exclusivo y privilegiado a “las cintas de los Seymour” – las de la familia y la policía-, y varios videos de vigilancia -incluidos los privados y los de la tienda y el apartamento de Sherry Thomas –. La novela se construye con la transcripción directa del material audiovisual, las entrevistas a Samantha Seymour y a Barbara Shilling, la terapeuta de Sherry Thomas, todo ello magistralmente dispuesto y administrado en formato de “reality”. Una novela reality como crítica de los reality.

El estilo, descriptivo y conciso, contribuye a hacer más aterradora la fría distancia de las cámaras y el tono crudo y directo de las entrevistas. Si acaso, los únicos espacios introspectivos son los video-diarios que graba el propio Alex Seymour en la soledad de su desván, donde expresa sus dudas e inseguridades, y que no resultarán tan privados como él se imagina.

Cuestiones como la patología del alma vacía, la fascinación de un hombre débil por el orden y el control a través del voyeurismo, la obsesión por capturar el tiempo, el trauma y la locura, la manipulación y las apariencias, la frustración y la venganza… son píldoras de reflexión que te rondan por la sesera en los escasos momentos en que el suspense afloja sus tenazas. También te preguntarás cosas como si conocer lo que tus seres queridos dicen de ti, ver lo que hacen a tus espaldas que, en la vida real, nunca sabrías, sus pequeñas o grandes traiciones…, saber todo eso, ¿te haría más fuerte o podría destruirte?
Si te pones tonto, puedes pensar en los puntos ciegos de la aparente trivialidad de la vida doméstica, lo mucho que se habla y lo poco que se dice, o la estúpida atracción y las trampas de la verdad.

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